A través de plataformas de investigación agronómica, CIMMYT impulsa estrategias que permiten a comunidades agrícolas gestionar mejor los residuos de cosecha, reciclar nutrientes, reducir la dependencia de insumos externos y fortalecer la resiliencia de sus suelos frente al cambio climático.
Durante décadas, el rastrojo fue tratado como el cierre del ciclo agrícola. Después de la cosecha, los tallos y hojas que quedaban en el campo se quemaban para limpiar la parcela o se retiraban por completo para destinarlos al ganado. Lo que parecía una práctica rutinaria hoy se está replanteando a la luz de la evidencia científica: esa biomasa no es un desecho, sino uno de los activos más importantes para la regeneración del suelo.
La explicación comienza con un concepto técnico poco conocido fuera del ámbito agronómico: el índice de cosecha. En maíz, este indicador muestra qué proporción de la biomasa total de la planta se convierte en grano y cuál permanece como residuo vegetal. En híbridos modernos, cerca de la mitad de la biomasa puede destinarse al grano. En variedades criollas, en cambio, apenas una quinta parte se cosecha como maíz, mientras el resto queda como rastrojo.
En términos prácticos, eso significa que en muchos sistemas tradicionales la mayor parte de lo que produjo la planta permanece en el terreno. Si una parcela genera dos toneladas de grano, puede estar dejando más de una tonelada de biomasa como cobertura. Esa necromasa —nombre técnico de los residuos vegetales— concentra nutrientes que el cultivo absorbió del suelo durante su desarrollo.
Análisis realizados en plataformas de investigación agronómica han permitido estimar el valor de esos nutrientes reciclados. Dependiendo del rendimiento, el rastrojo puede representar un ahorro significativo en fertilizantes que ya no sería necesario aplicar si los residuos permanecen y se manejan adecuadamente. No es un ingreso adicional, sino un costo evitado: lo que el productor tendría que gastar para reponer los nutrientes que se pierden cuando el rastrojo se quema o se retira por completo.
El aporte no se limita a la fertilidad química. La cobertura vegetal reduce la evaporación del agua, mejora la infiltración, disminuye la erosión por viento y lluvia y protege la superficie del impacto directo del sol. Con el tiempo, favorece la actividad biológica del suelo, mejora su estructura física y fortalece su capacidad productiva. En un contexto de sequías más prolongadas y lluvias más intensas, esa capa orgánica funciona como una barrera natural que amortigua los extremos climáticos.
El manejo, sin embargo, no es una decisión simple. En muchas comunidades rurales el rastrojo también cumple una función clave en el sistema pecuario. Retirarlo completamente puede afectar la salud del suelo; dejarlo todo puede comprometer la alimentación del ganado. La solución no es absoluta, sino estratégica.
La evidencia generada en campo muestra que mantener una proporción adecuada de cobertura puede ofrecer beneficios comparables a conservar el total de los residuos. Esto permite esquemas donde se aprovecha una parte del rastrojo más digestible para el ganado y se deja el resto como protección. También abre la puerta a asociaciones y relevos de cultivos que aseguren cobertura continua, incluso después de la cosecha principal.
En México, CIMMYT impulsa este enfoque a través de sus plataformas de investigación agronómica, donde productores, técnicos, agroindustria e instituciones públicas trabajan de manera colaborativa. En estos espacios se evalúan prácticas bajo condiciones reales: cuánta cobertura es suficiente, cómo influye en el rendimiento, qué impacto tiene en los costos y cómo integrar el manejo del rastrojo con otras estrategias de agricultura regenerativa.
Los proyectos abarcan desde colaboraciones con agroindustrias interesadas en cadenas de valor más sostenibles hasta iniciativas que fortalecen el sistema milpa, la agricultura familiar y el abasto seguro de maíz. El trabajo también se articula con una Red Latinoamericana de Investigación Agronómica (RedAgAL) que vincula a diversos actores científicos, con el objetivo de convertir conocimiento en impacto tangible en el campo.
El rastrojo, entonces, deja de ser una práctica aislada y se convierte en un eje de transformación. Su manejo adecuado permite reciclar lo que el propio cultivo ya produjo, reducir la dependencia de insumos externos y construir suelos más resilientes. En lugar de representar el final de la cosecha, se convierte en el punto de partida para el siguiente ciclo.
En un momento en que la sostenibilidad agrícola exige soluciones concretas y adaptadas a cada territorio, el rastrojo emerge como una de las decisiones más simples y, al mismo tiempo, más estratégicas para el futuro de los sistemas agroalimentarios.
Fuente original: https://agronoticias.com.mx/2026/03/09/el-rastrojo-emerge-como-pieza-clave-en-la-transformacion-de-los-sistemas-agricolas/





