La proteína ha dejado de ser sólo un componente nutricional para convertirse en una categoría política, económica, territorial y cultural que organiza mercados, políticas públicas, tecnologías industriales, imaginarios de bienestar y relaciones de poder, aseguró Elena Lazos Chavero, profesora-investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales (IIS) de la UNAM.
Mencionó que la omnipresencia de los suplementos en las tiendas de nutrición, el desarrollo de políticas públicas y los avances tecnológicos en la producción de carne –incluida su síntesis industrial– responden a un imaginario colectivo que vincula directamente la proteína con el bienestar. Sin embargo, rara vez se cuestionan las relaciones de poder implícitas en el discurso normativo que señala qué cantidad de este macronutriente debemos consumir para alcanzar una buena nutrición.
Cuando se habla de los beneficios de los prótidos en la dieta diaria, 80 % de los consumidores piensa de inmediato en carne, leche y huevo, como si fueran las únicas fuentes proteicas disponibles. Sin embargo, el panorama está cambiando con la llegada de las nuevas fuentes de proteína, desde las vegetales y cultivadas, hasta los sustitutos y los alimentos ultraprocesados enriquecidos.
Además, cada vez es más común acudir a tiendas especializadas en busca de barras o jugos suplementados con este nutriente, prosiguió al participar en el Seminario Interinstitucional “Ecología Política y Estudios Socioambientales”, organizado conjuntamente por el IIS, el Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad, la Facultad de Ciencias y el Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias, todos de la UNAM.
Sin embargo, cuando reflexionamos en torno a qué encierra esta narrativa cada vez más fuerte sobre la necesidad de consumir más proteína, “vemos toda la estructura de poder que hay detrás de ella”; por ello, es necesario preguntarse para qué población está pensada, qué tipo de proteína se promueve, quién la produce, en qué territorios y bajo qué relaciones laborales, abundó.
Asimismo, debemos cuestionarnos cuáles son los impactos ambientales en su producción y quién se beneficia de ésta, además, quién tiene la capacidad de definir y controlar los estándares del consumo proteico requerido, apuntó al dictar la conferencia “¿Quién controla la proteína? Poder, territorios y desigualdades en disputa en los sistemas ganaderos”.
Indicó que existen discrepancias en el consumo diario de proteína recomendado: hay variaciones en los discursos sobre cuánta se necesita. Mientras que el rango común ronda los 0.8 gramos por kilo de las personas, especialistas de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la UNAM señalan que sólo se requiere hasta 0.4 gramos por kilo.
Asimismo, en México, la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural promueve el consumo de proteína animal, la cual representa 37 % de la dieta nacional. Esta narrativa legitima la asignación de subsidios y créditos, la apertura comercial, prioridades agroindustriales y un uso desproporcionado de agua (grandes volúmenes para producir sólo un kilogramo de carne de cerdo o bovino), opinó la universitaria.
Resaltó que narrativas sobre la seguridad alimentaria y la eficiencia industrial justifican la expansión de la ganadería intensiva en México, beneficiando a grandes empresas como SuKarne.
Hizo referencia a tres paradojas alimentarias, la primera de ellas tiene que ver con la seguridad contra el acceso real, el discurso oficial sostiene que se debe producir más carne para garantizar la seguridad alimentaria. “Sin embargo, el aumento en la producción no se traduce automáticamente en un acceso a una alimentación adecuada para la población, es decir, producción no es lo mismo que acceso, mayor consumo o una buena nutrición”.
Una segunda paradoja o narrativa está relacionada con la cadena agroindustrial, proteína como mercado global. “Estamos hablando de megaempresas con alianzas políticas importantes”. Una última paradoja tiene que ver con todo el discurso ambiental y la necesidad de darle ciertos matices.
“Hemos escuchado sobre los daños ambientales que ocasiona al ambiente la producción de proteína animal en términos del cambio climático como las emisiones de gases de efecto invernadero y la deforestación, sobre lo cual existen estudios especializados, algo que no podemos separar de las estructuras de poder”.
Por último, mencionó que las disputas no son sólo en términos de cuánta proteína realmente necesitamos, sino sobre los mercados, las narrativas, las formas de la regulación y las estructuras de poder que van sosteniendo a los propios discursos. “Estamos ante una nueva batalla por controlar el mercado de la proteína”.
FUENTE: GACETA UNAM
Fuente original: https://agronoticias.com.mx/2026/10/26/la-proteina-mas-que-un-componente-nutricional/





