Las recientes tensiones geopolíticas en el Medio Oriente y la creciente volatilidad en los mercados energéticos han puesto nuevamente sobre la mesa una dura realidad: la seguridad alimentaria global depende tanto de la estabilidad de los combustibles como de la ciencia aplicada al campo. Así lo advierte el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT) en un comunicado publicado este mes. Analistas y científicos agrícolas alertan que las cadenas de suministro que sostienen la producción de alimentos están estrechamente entrelazadas con el comercio global de energía e insumos agrícolas. Una interrupción prolongada en estas rutas —como la que se podría dar en el estrecho de Ormuz debido a tensiones regionales— no solo encarecería los combustibles, sino también los fertilizantes y los costos de producción en los campos de todo el mundo.
“Cuando una parte de la cadena falla, los efectos se trasladan rápidamente desde los puertos hasta los campos, y de ahí a los hogares”, señala el texto del CIMMYT, que subraya la fragilidad de sistemas interconectados a escala global.
Más allá de la energía: el cambio climático acentúa los desafíos
Aunque los impactos energéticos son inmediatos y visibles en los mercados, el cambio climático representa una amenaza silenciosa pero profunda para la producción agrícola. En México y América Latina, los patrones extremos de clima están obligando a agricultores a diversificar cultivos, replantear prácticas tradicionales y adaptarse a condiciones cada vez más inciertas.
Los expertos coinciden en que la seguridad alimentaria ya no puede medirse únicamente por volúmenes de producción, sino por la capacidad de los sistemas productivos de resistir choques multidimensionales —desde precios del petróleo hasta sequías intensas— sin colapsar, especialmente en comunidades rurales vulnerables.
El papel de la ciencia: soluciones desde el conocimiento local
Ante este escenario, la investigación agrícola emerge como una herramienta clave. En México, el trabajo del CIMMYT con gobiernos, agricultores y comunidades rurales busca desarrollar y adaptar variedades mejoradas de cultivos resistentes a condiciones adversas, avanzar en prácticas regenerativas de cultivo y fortalecer capacidades locales para la toma de decisiones productivas.
Estos esfuerzos no solo mejoran rendimientos, sino que también ayudan a estabilizar los ingresos rurales y a reducir la exposición de las familias a riesgos externos ligados al clima y a mercados globales. En regiones rurales del sur del país, la combinación de investigación científica con conocimientos tradicionales ha generado sistemas productivos más resilientes y socialmente cohesionados.
Colaboración como clave para la resiliencia
El comunicado de CIMMYT destaca la importancia de la colaboración entre actores públicos, privados e internacionales. La coordinación entre productores, autoridades y expertos técnicos está permitiendo diseñar soluciones adaptadas a los distintos contextos agroecológicos del país y Centroamérica, buscando ampliar el impacto de las innovaciones científicas y facilitar su implementación a través de políticas públicas.
La lección, concluyen los especialistas, es clara: la seguridad alimentaria no se asegura solo con más alimento, sino con sistemas capaces de resistir múltiples amenazas simultáneas —ya sean geopolíticas, climáticas o económicas— y con ciencia que se aplique desde el territorio hacia las mesas de todas las personas.
FUENTE. CIMMYT- Francisco Alarcón
Fuente original: https://agronoticias.com.mx/2026/03/25/tensiones-energeticas-y-alimento-en-riesgo-ciencia-y-campo-como-escudos-ante-amenazas-globales/





